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El Dolor de perder a mi Padre

“Una pena sana” le dije a un amigo cuando me preguntó cómo me sentía en el sexto aniversario del fallecimiento de mi padre.

Mi papá, falleció hace 6 años, cuando yo tenía 33 años y él 83; yo un hijo de un años y medio, y él un nieto; yo, una carrera profesional que comenzaba. Nos sorprendió por la espalda un ágil cáncer al pulmón: etapa 4 dijo el doctor cuando le pregunté.


No había mucho que hacer…me aferré a la esperanza de que las quimios, radioterapia, frenarían a ese intruso (el cáncer) que quería interrumpir la vida de mi papá que, según mis proyecciones, tendría que haber llegado a los 120 años. No podía aceptar el diagnóstico y su futuro. Todo lo que me decían a mi alrededor me parecía desubicado. “Se va a apagar como una velita”, “no hay vuelta”, “así es la vida”, “no llores que no lo dejas partir”, “pero si ya está viejito” …cómo decirles a todas esas personas que lo último que quería era que se fuera. Que yo para vivir necesitaba poder abrazarlo, verlo, escucharlo, que no quería que se fuera a ninguna parte.


Las esperanzas se fueron apagando como una velita. Mi papá se fue apagando, rápidamente. Nunca pensé, que, de verse jovial, alegre, en dos semanas se le sumarían 10 años a su cuerpo y a su mente.


Lo abracé tantas veces, me quedé mirándolo tantas veces…cuando lo llevaba a la clínica en el auto, lo miraba y en el fondo, bien en el fondo de mi corazón, sabía que esa imagen se iba a esfumar…lo miré tantas veces, que tengo grabada su imagen de copiloto…dándome instrucciones, pidiendo que me apurara. A veces cuando manejo, me acuerdo de mi papá como copiloto, y les juro que hasta puedo verlo (la mente es poderosa). Así como los recuerdos de su imagen y su voz, tengo tatuado en mi memoria cada momento que viví, desde que me dijeron “tu papá tiene una masa en el pulmón”.


Y bueno, luego de casi dos meses y medios, mi papito se esfumó de este mundo. Me fui a la cresta. Literalmente sé dónde queda exactamente, cómo se llega y como te pierdes en un callejón sin salida, terriblemente oscuro. Nunca había sentido tanto dolor…ese dolor que sentí me hace aseverar que tenemos alma y eso que hoy soy atea (otro día puedo contar esa historia, porque incluso cantaba en el coro de la iglesia).


Me fui a la cresta…me alcancé a despedir eso sí, y menos mal que así fue, porque eso mucho tiempo, era lo único que calmaba a mi adolorido corazón. Llegué a verlo, me acosté en su pecho escuchando su corazón y su entrecortada respiración, lo solté, le dije que se fuera…y partió su viaje sin pasaje de vuelta.


Me fui a la cresta muchos años. Tenía una pena tan insana. Tan insana, que cuando quedé embarazada de mi pequeña maravilla Lucas, no fui capaz de escoger un nombre para él, porque todo mi embarazo pensé que nunca iba a nacer. En la pizarra el día de la cesárea decía “sin nombre”. Así de insana. Miraba a mis hijos crecer, jugar, y lloraba porque ese momento se iba a terminar, iba a morir. Estaba viviendo más en la muerte que en la vida.


Hasta que un día, tuve un sueño terrible, triste, tan triste que durante el día me acordaba y lloraba. Soñaba que tenía una hija, que había fallecido bebé, pero que no lograba recordar su nombre. Le preguntaba a todas las personas que aparecían en el sueño y nadie me decía (un descanso reparador…) y yo, sentía tanta culpa por no recordar su nombre…y pena, tanta.


Si bien, estaba con una terapeuta que era un lujo, me resistía a hacer bien la terapia. Después de ese sueño angustiante, entendí que si mis síntomas de angustia no bajaban, no podría tratar el fondo y realmente, quería volver a sentirme feliz.


Hoy, 6 años después, el recuerdo del día del inicio de mi viaje (porque yo también inicié un viaje) de autoconocimiento, de terapias, de quererme y entenderme, hace que sienta pena, pena de no poder abrazar, besar o sentir a mi papá, pero recuerdo con cariño, con amor…agradezco todo el tiempo que sí tuve con mi papá (aunque me faltó…uno siempre quiere más) …pero es una sana pena…una pena desde extrañar ese contacto físico, esa mirada, pero que está fielmente grabada en mi corazón. Acepto que partió, porque partir es también parte de la vida y acepto que hay cosas que tienen que pasar y que no puedo controlar.


Los duelos son largos, solitarios (me sentí tan sola, tanto tiempo) yo digo que son como subirse a manejar un barco en el océano, un día turbulento, otro día calmo y sin ver el fin…


La terapia ha sido fundamentalmente sanadora…y agradezco tener la opción de hacerla, porque gracias ella, tengo pena, pero pena sana.

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